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Presentación del Informe CYD 2018
Noticias | 02/10/2019

Presentación Informe CYD 2018

 

 

Transcripción del discurso pronunciado durante la presentación del Informe CYD 2018, en un acto celebrado el 16 de septiembre de 2019 en Casa de América, en Madrid.

 

Presidenta de la Fundación, presidente de la CRUE y del comité ejecutivo de la Fundación CYD, amigas y amigos,

 

No hay mejor manera de hacer país que haciendo empresa. Vivimos en un sistema de economía de mercado, único posible, y las empresas son agentes necesarios e imprescindibles del desarrollo económico y social, de la creación de puestos de trabajo y de riqueza, en definitiva, son las garantes de nuestro bienestar social.

 

Pero la segunda mejor manera de hacer país es hacer educación y hacer universidad, de manera que cuando nos encontramos con empresas que, además de hacer empresa -evidentemente, porque si no, no podrían sobrevivir en este entorno global, tecnológico y competitivo en el que nos movemos- hacen intensamente educación, lo que hay que hacer es reconocerlo y darles las gracias, y es lo que yo quiero hacer hoy con el Grupo Banco Santander. Muchísimas gracias por ese compromiso y ese ejemplo que ojalá siguieran muchas otras empresas en España.

 

Al informe que presentamos hoy yo le llamo la “Biblia de la tercera misión universitaria”. Refleja el compromiso de empresas de tamaño medio y grande y de determinadas instituciones con esa asignatura pendiente de la economía española que es la tercera misión universitaria, es decir, la transferencia de resultados de la mucha y buena investigación que hacen nuestras universidades al sector productivo y su conversión en puestos de trabajo y, vuelvo a reiterar, desarrollo económico y social, creación de riqueza y bienestar social.

 

Y aprovecho, “con el gorro de la Conferencia de Consejos Sociales” porque “quedaría mal” que lo hiciera como patrono que soy de la Fundación y presidente de su Comisión de Documentos y Proyectos, para agradecer el trabajo del equipo de la Fundación, de Sonia Martínez, de Paco Solé, de Martí Parellada y de todos los que han hecho posible un año más que se presente este informe.

 

Universidad y empresa convergen, tienen al final los mismos objetivos. Demasiados años, demasiado tiempo, hemos vivido con excesiva distancia entre la universidad y la empresa. Es un problema cultural, parecía que el acercamiento de la empresa a la universidad comprometía las esencias de la academia, la libertad de investigación y de cátedra. Felizmente ese tema cultural está mejorando mucho, aunque queden todavía reticencias.

 

Mejorar la relación universidad-empresa es un reto necesario y urgente de todos nosotros y de toda la sociedad española, por muchas razones.

 

Empresas como Banco Santander o Inditex, por citar solo dos de las grandes empresas españolas que, de alguna manera, están aquí presentes, no tienen problemas para conseguir los medios para acometer la transformación tecnológica que necesariamente tienen que hacer si quieren seguir siendo competitivas y sobrevivir. Si tienen esa capacidad interna, la generan y la promueven. Si no, la adquieren fuera, la compran, tienen los medios para hacerlo. Eso no pasa con el 95% de las empresas españolas que tienen 10 o menos trabajadores o el 82% que tienen 2 o menos y que, sin embargo, son las grandes generadoras de empleo y también tienen que hacer esa transformación digital para sobrevivir. Yo siempre pongo el mismo ejemplo: la tienda más humilde del más remoto pueblo o aldea de Galicia compite con Amazon y los demás Marketplace, que son capaces de enviar su mismo producto al cliente, sin gastos de envío y probablemente a un precio más competitivo. Estas empresas necesitan la transferencia de resultados de las universidades; por consiguiente, tenemos que empezar a dirigir esa investigación universitaria menos hacia la publicación científica -que también hace falta- y más hacia la transferencia de resultados.

 

Enhorabuena al Ministerio de Innovación, Ciencia y Universidades porque en noviembre del año pasado se publicó en el Boletín Oficial del Estado la nueva regulación de los sexenios de transferencia aplicables a todas las áreas de conocimiento. Va a valorarse más como mérito académico de profesores e investigadores, la transferencia de resultados a la empresa. Tarde, pero nunca es tarde si la dicha es buena.

 

Otro frente por el que tenemos que abordar la mejora de la relación universidad-empresa es el tema de la empleabilidad, la inserción laboral de nuestros estudiantes. Tenemos, lo dice el informe que hoy presentamos, un 8,5%-9% de egresados universitarios en paro –más que doblamos la media europea- y un 37% en situación de sobrecualificación o infraempleo –también muy por encima de la media europea-.  Si sumamos ambos porcentajes, casi la mitad de los egresados universitarios de este país no tienen un trabajo adecuado a su titulación universitaria.

 

El secretario general de la OCDE, en Universia 2018, el año pasado en Salamanca, incidió en la gravedad de este tema y habló de riesgo de desestabilización, de generación antisistema, de que muchas de las cosas que están pasando en España, a lo mejor tienen una explicación en esta situación. Es un tema mayor que tenemos que abordar y que además coexiste paradójicamente con un problema de desajuste entre la oferta académica de titulaciones y las necesidades de profesionales del sector productivo. Claro que no podemos instrumentalizar las universidades y convertirlas en “las fábricas” de profesionales que necesitan las empresas y es evidente que tienen que dar una formación global, crítica y genérica de principios y valores a los estudiantes, pero es igual de evidente que el estudiante quiere empleabilidad porque es condición necesaria para su dignidad y la sociedad necesita que nuestros egresados universitarios se empleen dignamente en trabajos adecuados según su titulación universitaria. Por consiguiente, tenemos que hacer las dos partes un gran esfuerzo y tenemos que trabajar mucho para mejorar la relación universidad-empresa. Las universidades tienen que mirar hacia las empresas y formar a los titulados que las empresas necesitan y las empresas tienen que preocuparse por la excelencia de las universidades. Antes se ha hablado aquí del tema de las competencias profesionales. Yo he hecho muchos procesos de selección, siempre acompañado de personal del Departamento de Recursos Humanos. Los conocimientos no se constatan, se presumen por el título universitario. Lo que se controla en un proceso de selección es si el candidato tiene competencias como capacidad de trabajo en equipo, de liderazgo, de iniciativa, compromiso ético, mentalidad global, uso de idiomas, habilidades interrelacionales, afán de innovación, intraemprendimiento… Y eso tienen que ir las empresas a enseñarlo a las universidades porque los académicos y los investigadores no las ejercen en su día a día y, por tanto, es difícil que puedan transmitirlas y en cambio en las empresas son conditio sine qua non para su supervivencia.

 

Parece que vienen tiempos de reforma del régimen jurídico de las universidades. Llega tarde, vamos ya con mucho retraso. Lo acaba de recordar el presidente de CRUE: el 26 de septiembre pasado, en mi opinión un hito histórico en la trayectoria de la universidad en la democracia española, comparecimos en el Congreso de los Diputados la CRUE, la Conferencia de Consejos Sociales, la Cámara de Comercio de España, los sindicatos, los empresarios, los alumnos, los exalumnos y les pedimos a nuestros representantes políticos mayor prioridad para la educación en general y para la universidad en particular y una nueva Ley Orgánica Universitaria, fruto de un amplio pacto de Estado, capaz de poner a la universidad española en condiciones de afrontar los retos de un sistema de educación superior en el siglo XXI. Lamentablemente, tuvimos muy poco eco social.

 

Cuando la nueva ejecutiva de la Conferencia de Consejos Sociales fue a saludar y a presentarle su programa al nuevo ministro de Innovación, Ciencia y Universidades, Pedro Duque, le llevamos 3 documentos: el informe encargado por el gobierno a un grupo de expertos presidido por la investigadora María Teresa Miras-Portugal en 2013, que sigue teniendo plena vigencia, el resumen ejecutivo del último informe de la Fundación CYD sobre la contribución de las universidades al desarrollo de España y el informe hecho en 2017 por las tres instituciones: CYD, Cámara de Comercio de España y Conferencia de Consejos Sociales, sobre cómo diversos países europeos comparables hicieron en los años transcurridos del siglo XXI sus deberes de reforma de sus universidades y, en concreto, de su gobernanza, para ponerlas en condiciones de afrontar los retos de la enseñanza superior en el mundo actual, cosa que nosotros todavía no hemos sido capaces de hacer. Le dijimos al ministro que, con leer esos tres documentos, ya podía tener una idea clara de la actual situación de la universidad española y del camino que debe seguir si quiere estar en línea con lo que hay en Europa.

 

Tenemos que reformar profundamente la universidad española. No quiere decir que tengamos malas universidades porque nuestra universidad pública hace tiempo que ha dejado atrás lo de hacer más con menos y hace ya auténticos milagros con los escasos medios que le damos. Pero tenemos que mejorar varias cosas. En primer lugar, la gobernanza, porque el sistema de gobierno actual de la universidad pública española no funciona. Viene de la ley de reforma universitaria del año 1983. ¿En qué se parece España, en qué se parece el mundo de hoy al de 1983? En su día confundimos la autonomía universitaria con el autogobierno de los que trabajan y estudian en ella. Tenemos que cambiar el sistema de designación del rector, la universidad pública no solo es la institución de la igualdad de oportunidades, también es la institución del esfuerzo, del ascenso social a través del trabajo, es decir del mérito. Es una institución meritocrática. Tenemos que ser capaces de designar a los rectores por concurso de méritos, sin que necesariamente tengan que provenir de la propia universidad. Si los principios y valores que configuran una institución, no los aplicamos en la parte alta del organigrama, no existirán en el resto de la institución. No quiere decir que no tengamos buenos rectores, tenemos magníficos rectores, pero el sistema no lo propicia. Hay que cambiarlo. El actual sistema de votación del Rector entre quienes trabajan y estudian en la universidad -no vota la sociedad que financia mayoritariamente la universidad- genera un inevitable e innecesario conflicto entre los intereses del servicio público de educación superior y los intereses de quienes votan, como ocurriría en cualquier otra institución que eligiera a su primera autoridad con igual sistema. Pero más importante todavía que cómo designamos al Rector es dar a quien lo sea capacidad de gestión, instrumentos para que pueda sacar partido del inmenso talento de las personas de nuestras universidades. En la Conferencia lo decimos siempre: no hay menor talento en cualquiera de nuestras universidades públicas que en la más competitiva de las empresas españolas. La diferencia está en la capacidad de gestión. ¿Por qué funcionan y son rentables el CNIO de María Blasco, el Centro de Regulación Genómica de Luis Serrano, el iCrea catalán o el Ikerbasque, a pesar de ser instituciones públicas? Porque van a por el talento, lo buscan, lo atraen, lo pagan en términos de mercado, lo gestionan y le sacan partido. Y eso es rentable, ganan dinero y con ese dinero que ganan mejoran la investigación y contratan más personas. Eso se puede hacer también en una institución pública pero no pueden hacerlo nuestras actuales universidades públicas, y ese es el objetivo que tiene que cumplir la reforma que hay que hacer de la ley de universidades.

 

 

Y termino ya, en la Conferencia, a pesar de la inmensa legitimidad que nos da ser los representantes de la sociedad en la universidad, nos sentimos pequeños y humildes y tenemos la sensación de que “nadie nos quiere mucho”. Sabemos que sí nos quiere el Banco Santander y la Fundación CYD o la Cámara de Comercio de España, pero fuera de aquí nos sentimos poco apoyados y, por eso, para hacernos oír, tenemos que acuñar mensajes muy claros y uno de ellos es que le pedimos a nuestros representantes políticos cuatro cosas:

 

Primero, valentía para hacer una reforma de la universidad que nunca ha sido fácil pero que hoy es urgente y necesaria.

 

Segundo, generosidad porque la inversión en educación siempre es a medio y largo plazo y, desde luego, siempre más allá de las próximas elecciones.

 

Tercero, grandeza de miras. Porque España será en el futuro el resultado de lo que hoy seamos capaces de invertir en educación y en universidades.

 

Cuarto, por favor, no hagan política con la educación y con la universidad, porque es hacerlo a su costa y, por tanto, a costa del futuro de España.

 

Nada más. Muchas gracias.

 

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